El mito del multitasking
- UDCI al Día

- hace 20 horas
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Responder mensajes mientras escuchamos clase y revisamos redes sociales puede hacernos sentir productivos. Pero la evidencia neurocientífica es clara: el cerebro no realiza múltiples tareas complejas de forma simultánea. Desde finales del siglo XIX, William James señalaba que la atención implica “tomar posesión de la mente” de un objeto entre varios posibles. Elegir uno significa, necesariamente, dejar otros fuera. Décadas después, Donald Broadbent formalizó esta idea en su modelo de filtro atencional, mostrando que el sistema cognitivo selecciona información relevante para evitar la sobrecarga. La atención, desde sus bases teóricas clásicas, se entiende como un sistema de capacidad limitada.

Lo que hoy llamamos multitasking es, en realidad, cambio rápido de tareas.
Investigaciones contemporáneas como las de Earl Miller han demostrado que la corteza prefrontal, responsable del control ejecutivo, no procesa tareas complejas en paralelo, sino que alterna entre ellas. Cada transición exige reconfigurar redes atencionales, lo que implica pérdida de tiempo y aumento de errores: el llamado “costo de cambio”. Además, la constante alternancia favorece recompensas inmediatas, como notificaciones, que activan circuitos dopaminérgicos y refuerzan el hábito de fragmentar la atención.
En un entorno universitario que exige análisis profundo y pensamiento crítico, esta fragmentación puede convertirse en un obstáculo silencioso. Paradójicamente, quienes creen ser buenos en multitarea suelen mostrar mayor vulnerabilidad a la distracción. La productividad real no depende de hacer más cosas al mismo tiempo, sino de dedicar atención plena a una tarea significativa. Como advertían los clásicos, la atención no se multiplica: se distribuye. Y en esa distribución, la profundidad suele ser la primera en perderse.

Por Mtra. Ma. del Mar Cossío Fajardo
Docente de Psicología




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